martes, 11 de junio de 2013

La universidad latinoamericana, el neoliberalismo y el siglo XXI.


Por: Roberto Mulet

Hace ya una década que comenzó el siglo XXI y nadie en este mundo pone en duda la importancia de las Universidades. Sin embargo, no parece haber unanimidad sobre el papel que estas deben jugar en nuestras sociedades. Importantes, sí, pero ¿por qué? y ¿para qué?

El espacio de duda se hizo mayor con el avance del neoliberalismo a fines del siglo pasado. Este terminó imponiendo ciertos deberes a “La Universidad”: producir riqueza material, autofinanciarse, reducir gastos y hacer más investigación aplicada. Desde entonces, se hacen estadísticas de las mejores universidades, de las mejores facultades, de los mejores departamentos. Se diseñan congresos para obtener ganancias de las inscripciones. Se inventan cursos de pre-grado porque hay un mercado de personas dispuestos a pagarlo. Se exige que cada proyecto de investigación reciba financiación propia. Todo esta rigurosamente contabilizado. Es más importante el número de artículos y patentes que lo que dicen.

Esta mercantilización de la universidad es sin duda un hecho internacional, no limitado a América Latina, pero que en nuestros países, donde las universidades sufren además el precio del subdesarrollo local y la competencia desigual con las antiguas metrópolis, es más dañino. Especialmente, porque una de las razones del éxito de esta doctrina en el imaginario de muchos dirigentes universitarios es la venta, casi publicitaria por parte de los autores neoliberales, de un modelo de universidad norteamericana donde la generación de dinero directamente desde los campus es posible. Harvard, MIT, Caltech, se mencionan explícita o implícitamente, como modelos de Universidades que producen capital monetario mediante patentes, transferencia de tecnología, generación de nuevas empresas productivas, etc.

El intento de reproducir hoy este modelo en nuestros países es innecesario y será un fracaso. En primer lugar, porque estas Universidades alcanzaron este espacio hegemónico en la producción científica y en su inserción en la economía global, después de décadas de enormes y sostenidas inversiones públicas y privadas. Estas inversiones, garantizan un equipamiento siempre actualizado, la capacidad de atraer a cerebros de todo el mundo, pero más importante aún, una cultura científica y tecnológica, que no se compra en un día. Nuestros países no pueden garantizar este tipo de inversiones, Brasil quizás es una excepción ahora. Pero todos, incluido Brasil, carecen de esta cultura. Construirla requiere muchos años, quizás generaciones. En segundo lugar porque alrededor de estos centros existe un aparato administrativo, económico y burocrático que posibilita e incentiva la inserción de sus resultados en una industria, que ya existe, y que ya tiene un alto desarrollo tecnológico y un mercado asegurado. Nada parecido, ni en dimensiones ni en concepto existe en nuestros países. En el mejor de los casos está en construcción. En tercero porque estos centros se insertan en una economía dinámica, donde el capital privado posee una cultura de inversión a riesgo bien establecida, que además se siente atraído por una historia de éxitos que empaña todos los fracasos. En nuestros países no existe esa abundancia de capital privado, y el que existe está acostumbrado a realizar inversiones de ganancia rápida, o en la explotación de recursos naturales.

Por estas mismas razones muchos de los parques tecnológicos que persiguiendo el modelo anterior se construyeron en Europa y Asia no lograron transformar en ganancia económica la inversión que les dió origen. La mayoría son aún subvencionadas por sus gobiernos o por entidades regionales. También explica porqué cuando desde esa perspectiva se mide el éxito de una universidad no se habla nunca de sistema norteamericano, inglés, o alemán de universidades. Los éxitos económicos en el contexto descrito arriba, transferencias tecnológicas, patentes, etc, se cirscunscriben a centros muy bien definidos, el resto, se financia con capital público, o privado mediante donaciones, o mediante el pago de la matrícula de sus estudiantes.

Esta realidad no puede llevarnos a renunciar a la creatividad y a la busqueda de oportunidades para insertar nuestras universidades en la industria. Hay que buscar aquellos proyectos donde eso es posible, invertir con coraje en ellos y generar el ambiente creativo, organizativo, financiero y legal que haga funcionar y funcional el proyecto. Debemos ser capaces también de emprender el camino inverso, más tortuoso, pero más útil a nuestra realidad, de acercar la industria a la universidad. Pero ante todo es imprescindible comprender que una universidad, bien financiada y bien dirigida, puede producir riqueza en formas que si bien son difíciles de cuantificar son fundamentales para el desarrollo de nuestros países.

Por ejemplo, se produciría mucha riqueza si hubiera un intercambio constante de ideas entre las universidades y las estructuras de dirección del país. En nuestras universidades hay personas competentes en casi todos los campos del conocimiento y en ellas se mantiene un contacto creativo y actualizado con lo más avanzado del pensamiento mundial. Es un deber de los profesores universitarios y de la clase dirigente de nuestros pueblos llevar el conocimiento de las aulas a nuestras políticas de desarrollo. Estas serán más eficientes y más eficaces.

Otra manera de crear riquezas es mediante la formación de personal altamente calificado. No solo para la universidad, sino también para las empresas públicas y privadas. Especialmente en las industrias de alto nivel tecnológico es fundamental tener un profesional bien preparado. Descargar la responsabilidad de la formación de estos profesionales sobre las empresas, una práctica común, por una parte genera costos insostenibles en el funcionamiento de las más vulnerables y por otra lacera las capacidades creativas de cuadros que se forman unos a otros en el marco estrecho del funcionamiento empresarial.

Además, las universidades deben jugar un papel clave en la formación científica de la nación. Debe potenciarse su capacidad de divulgar entre nuestros pueblos el método científico, especialmente la importancia de formular hipótesis, probarlas o refutarlas en experimentos para después generalizar mecanismos, ideas o formas de trabajo. Disminuirían los costos y se maximizarían las posibilidades de éxito en el actuar diario de la población y sus dirigentes.

Finalmente la universidad es también un espacio para pensar. Entender los agujeros negros, el papel de la emigración africana en el siglo XV, la física de la superconductividad, el funcionamiento del cerebro, el rol de la subjetividad en la respuesta del indio latinoamericano a la colonización, soñar con violar el teorema de Göedel y descrifrar los mecanismos de la epigénetica nos define tanto como apreciar y hacer ballet, música, pintura y cine. Privar a la Universidad de ese papel nos castra como naciones.

Es seguramente un reto para las ciencias económicas cuantificar el impacto real de estos mecanismos en una sociedad, así como diseñar políticas de desarrollo y optimización de los mismos. Pero desconsiderarlos ahora, solo porque esa capacidad cuantificadora no existe es un suicidio. Es imprescindible evitar, que en nombre del desarrollo económico, se inserte en nuestras universidades el cáncer del modelo neoliberal, en oposición, trabajemos por la Universidad útil.

Dr. Roberto Mulet. Facultad de Física. Universidad de la Habana (Cuba)

Fuente: Rebelión

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